Vértebra Cultural “la columna”

La cooperación colaborativa en miras de políticas públicas: La Cultura, una alternativa de salud ante el COVID19

Fernanda Mora

En esta columna intento elaborar una reflexión sobre la importancia de la cultura, la vinculación comunitaria, la cooperación, y los cuidados que pueden salvarnos la vida hasta en situaciones de alto riesgo, como lo fue en la pandemia por COVID19. También me atrevo a realizar una propuesta desde el marco normativo de la Organización Mundial de la Salud -OMS- para retomar a la cultura como una medida de prevención y atención en salud mental, que se ha exacerbado como una secuela del confinamiento.

ANTIBIOGRAFÍA

Soy geógrafa, feminista, que gusta de la actividad cultural comunitaria, el estudio de las instituciones gubernamentales y sus falacias estructurales. Me gusta escuchar música en portugués, pintar, la playa, y viajar sin rumbo. Me hacen feliz las flores en especial los girasoles, los tulipanes, y las nubes rojas. Amo el queso, el olor a tierra mojada, saltar en los charcos y los abrazos. Odio las arañas, las injusticias, y tengo un severo problema con el orden, detesto a la gente que tira basura en la calle. Amo bailar y cantar con Dení (mi hija) y hacer bobadas juntas. Soy un ser impaciente con trastorno de ansiedad que intenta que esto no le cueste la vida.


La cooperación colaborativa en miras de políticas públicas: La Cultura, una alternativa de salud ante el COVID19

La cultura a lo largo del tiempo se ha concebido como una herramienta del  nacionalismo o de las bellas artes, es decir, ha estado al servicio del Estado,  y el capital, pensando en su permanencia, estructura, y ejecución a partir del  patrimonio cultural material e inmaterial, un constructo desde las “etnias”, los  monumentos históricos, y las historias de personajes que muchas veces en la realidad, no se sabe  con certeza si fueron tan buenos como nos cuentan los libros de texto. 

Sin embargo, la cultura es más que un cúmulo de estatuas y de tradiciones  interpretadas como espectáculos “folclóricos” de entretenimiento que permiten la  visita de miles de turistas cada año, como es el caso de México en el “Día de Muertos”.  Si el Estado reconociera la importancia de la cultura como una forma de resarcir el  tejido social, de conformar naciones inclusivas, más sólidas y sobre todo como un  mecanismo que contribuye a tener una vida saludable (como una medida de  prevención, atención y rehabilitación de enfermedades); más en el contexto actual,  tras una pandemia que modificó por completo las formas de relacionarnos en el  espacio, podríamos apostar a vidas más dignas, en pleno ejercicio de los Derechos  Humanos. 

En este artículo intentaré realizar una reflexión acerca de la importancia de la cultura,  como una herramienta de integración, prevención y sanación colectiva; es decir, como posibilidad de ser un instrumento salud pública, para atención a la población tras la pandemia por COVID19. 

 

La Declaración Universal de Derechos Humanos que se promulgó el 10 de  diciembre de 1948 establece en su Art. 27: 

“Todas las personas tienen derecho a tomar parte libremente de la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten” (DUDH, 1948).

 

Menciona en el artículo 25 que: 

“Todas las personas tienen derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derechos a los  seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez y otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su  voluntad”(idem). 

 

Es así que podríamos afirmar que los Derechos Culturales como el Derecho a la Salud,  son fundamentales para llevar a cabo una vida digna, en la que cada Estado debe garantizar que todo individuo y comunidad puedan acceder a estos. De igual  manera el Pacto Internacional de los Derechos Económicos Sociales y Culturales  (PIDESC), en el artículo 12 declara que: 

“Los Estados Partes en el presente Pacto reconocen el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental.” (PIDESC, 1981). 

 

Es decir, que sí contamos con marcos legales internacionales, que establecen la cultura y la salud como derecho de todas las personas para llevar a cabo una vida digna, entonces, ¿Por qué no pensar que la cultura puede ser una herramienta de prevención y mejora para la población? 

Tras la pandemia por COVID19 a nivel mundial, nos vimos sumergidos en una paranoia colectiva, una separación de las familias, de los cuerpos, de la colectividad, muchas veces optamos por relacionarnos a través de las redes sociales, videollamadas y múltiples artimañas tecnológicas que nos hacían sentir más cerca de las personas que amamos, es decir, los lugares se habían transformado en efímeros, intangibles, que  sucedían en un espacio y tiempo pero que muy pocas veces se materializaban. De esta manera el aislamiento durante dos años ocasionó diversos estragos tanto en  el tejido social, como en la salud mental de las personas a nivel mundial, según datos de la  Organización Mundial de la Salud -OMS-, durante el primer año de la pandemia por COVID19:

[…] la prevalencia mundial de la ansiedad y depresión aumentó un 25%, (OMS,2022)  esto conllevo al 90% de los países a incluir a la salud mental en sus planes de respuesta ante el COVID19. 

 

Derivado de estos datos, la OMS en su última reunión celebrada el 27 de mayo del 2022, propuso como una de las mesas de trabajo: 

“Un cambio de paradigma urgente hacia la prevención de enfermedades y la promoción de la salud: Economía de la salud para todos.”(ídem). 

 

Pero ¿cómo se vincula esto con la cultura y las políticas culturales? Es real la  necesidad de generar políticas públicas que nos permitan visibilizar cómo la cultura  es una herramienta que puede transformar las relaciones humanas, a partir del  fortalecimiento de las comunidades, bajo la premisa de los cuidados, visto este último como un ejercicio de cooperación cultural, es decir con los otros, a nuestros lugares de vivienda, al entorno. 

Durante el confinamiento, los cuidados colectivos fueron uno de los ejercicios culturales comunitarios que permitieron a gran parte de la población vulnerable tener acceso y atención médica, instrumentos médicos, medicamentos, entre otros; existía a pesar de la sana distancia, una especie de empatía para la subsistencia de la comunidad, lo anterior es un ejemplo. El Estado por su parte modificó el acceso a la salud pública, de manera que cualquier persona podía acudir a las instituciones para recibir atención médica, es decir en una escala mayor a lo habitual, los cuidados hacia la población a nivel mundial, permitieron romper con estructuras hegemónicas que limitaban derechos universales como es recibir atención médica, y atención a la salud de manera prioritaria.  

Con lo anterior no quiero sonar a que la cultura es “el mesías que nos salvará a todos”, y  que el Estado y las naciones actuaron bajo tal supuesto, “totalmente bien” para el cuidado de la población. Lo anterior son ejemplos y deviene de una estructura mayor, en la que la situación de emergencia activó prácticas para el  desarrollo y el cuidado de la población, alejada de la versión pensada desde la rentabilidad económica  de un país y la posición que a nivel global les genera, es ir más allá, sobre esto.  

 

[…]“La única forma de convencer a los dirigentes del gobierno y de las empresas de que vale la pena apoyar la actividad cultural es alegar que ésta disminuirá los conflictos  sociales y conducirá al desarrollo económico (Yúdice, 2002)”. 

 

Sin embargo, considero  que visibilizar la cultura y las relaciones comunitarias  como una forma de diálogo entre la población, permitiría generar políticas horizontales,  democráticas, pero también utiles, como medio, un recurso mediante el que se evidencie  la  importancia de la acción de la sociedad, vislumbrando la diversidad que la compone,  y aportar con  claridad a la pluralidad, la generación  de políticas públicas que  contribuyan hasta en situaciones adversas como la pandemia.

 

“Las políticas democráticas, por su parte, amplían el concepto de cultura hacia un registro antropológico, las artes quedan así subsumidas dentro de la categorización junto a otras manifestaciones de la vida de las sociedades más  vinculadas a la vida cotidiana; el Estado, si bien conserva las funciones antes  mencionadas, se orienta hacia el fomento de la participación universal de la  ciudadanía en la vida cultural; se procura así un cambio de actitud desde la  expectación hacia la participación; la identidad es concebida como un fenómeno  histórico, de negociación permanente por parte de toda la sociedad, se concibe la  factibilidad de la unidad nacional a nivel político conjugada con la multiplicidad de  pertenencias identitarias. 

Por último, consideraremos políticas recursistas a aquellas que conciben como culturales una pluralidad de problemas anteriormente ajenos: desarrollo  económico, exclusión social, género, desempleo, urbanismo, comportamiento cívico, discriminación, migraciones, ecología, etc.; se postula en este caso que a través de intervenciones desde un enfoque cultural el Estado puede aportar a la  resolución de estos problemas; la ciudadanía, por su parte, actúa  fundamentalmente instalando estas cuestiones en agenda a través de los  diferentes movimientos sociales nucleados en rededor de estas cuestiones; la  identidad ya no sólo es mutable, sino que además, se concibe como múltiple, las pertenencias se multiplican.”(Mendes,2015) 

 

Es así, que el espacio entendido como productor de las relaciones sociales, no es  estático, responde a un tiempo determinado que se transforma a partir de las  necesidades, prácticas, procesos económicos, políticos, sociales y culturales, de esta manera podemos entender que todos estamos en procesos de transformación. Bajo esta premisa, es importante señalar que si el espacio, las relaciones  sociales y la cultura se transforman constantemente, las políticas públicas deberían  cubrir esa base más primigenia del ejercicio político, es decir el “cómo nos  organizamos”. Por ello es que considero que la cultura vista desde el sector salud como una  herramienta para la cooperación, los cuidados, y la prevención a partir del  esparcimiento, la lectura, los talleres comunitarios, el intercambio de saberes entre otros.  Podrían generar dinámicas que dentro del sector salud harían posible prevenir y aliviar enfermedades como los trastornos mentales que se han visto exacerbados  durante la pandemia.  

Crear políticas públicas que respondan a las necesidades colectivas permitiría  implementar como lo estableció la OMS “nuevas medidas provisorias ante  situaciones salubres emergentes”. Actualmente en México en el Instituto Mexicano  del Seguro Social -IMSS-, que es la institución de salud pública más grande, ya existe un área de prevención destinada a la recreación cultural, entonces, por qué no utilizar la  cultura como una estrategia de prevención, atención de enfermedades desde las dinámicas y necesidades colectivas, hasta su implementación artística como  herramientas de mejora de calidad de vida. 

Es así que bajo el panorama descrito anteriormente, aporto mis inquietudes, para  evidenciar nuevas formas en las que podemos relacionamos colectivamente, a través de esto generar ideas o propuestas de políticas culturales desde la comunidad hacia las legislaturas y romper con la verticalidad de los marcos legales, intentando así impulsarlo desde y para la comunidad.  

Se que esto puede parecer una apuesta muy grande, pero creo con fervor que la  cultura puede mejorar la calidad de vida, y a la humanidad a partir de la escucha de las comunidades, así comenzar a ejercer los derechos desde la conciencia, rompiendo con la idea del privilegio elitista que nos han vendido durante mucho tiempo. 

 

 

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Bibliografía 

Asamblea General de la ONU. (1948). Declaración Universal de los Derechos  Humanos (217 [III] A). Paris- 

Mendez P. (2015) Políticas Culturales: rumbo y deriva. Estudios de caso sobre la ex Secretaría de Cultura de la Nación. – 1a ed. – Caseros : RGC Libros. 

OMS, (2022). Consejo Ejecutivo. 151 reunión punto 5 de la orden del día. 

ONU: Asamblea General, Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y  Culturales. Adoptado y abierto a la firma, ratificación y adhesión por la Asamblea  General en su resolución 2200 A (XXI), de 16 de diciembre de 1966, 16 Diciembre  1966, Naciones Unidas, Serie de Tratados, vol. 993, p. 3, disponible en esta dirección:  https://www.refworld.org.es/docid/4c0f50bc2.html [Accesado el 9 Septiembre 2022] 

(UNESCO,1982) Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales. Informe final.  México Ed. UNESCO. 

Yúdice, G. (2002) El recurso de la cultura. Usos de la cultura en la era global. Barcelona: Ed. Gedisa.